Este año a muchos nos gustó participar de un concurso para Editorial Sudamericana y a otros en el concurso “Cuéntale al Parlamento”. Es así que nos embarcamos en la tarea de organizar nuestros tiempos, de estructurar nuestras ideas, de escribir para un fin, una meta cercana. No fue fácil, pero sí muy estimulante...y contagioso.
Cuando un proyecto se pone a andar, todo es acción, análisis, marcha y contramarcha. En eso estamos todos los días en el Taller: aprendiendo a proyectar.
Un voluntario nos entregó su cuento para que lo pudiéramos compartir. Está firmado con seudónimo tal como se hiciera para el último concurso. Ahí va.
Cuento
Martín y el temporal
Martín era un niño de once años, rubio, flaco y medio petiso, como yo.
Era calentón y aburrido. Si pasabas y apenas lo tocabas, se enojaba; si lo invitabas a jugar, la respuesta era “no”. Pero era ingenioso y si le decías de hacer una pillería seguramente te diría que sí.
El día de la tormenta, Martín estaba en la casa jugando solo.
De repente sintió que había mucho viento. Miró por la ventana y se asustó: veía árboles moviéndose para un lado y para el otro.
De pronto vio algo que se acercaba más y más y muy rápido.
-¡Nooo! ¡Un árbol!
Cuando lo vio, se corrió muy ligero.
El árbol cayó arriba de su casa, aplastando y rompiendo su cuarto y una parte de la cocina.
Sus padres estaban durmiendo y despertaron con el grito de Martín:
-¡Mamááá! ¡Mamááá!
Ellos no sabían qué había pasado. Al asomarse vieron el árbol caído frente a su puerta y tendido por todo el pasillo. Era tan grande que Martín no pasaba. Sus padres estaban del otro lado del árbol y él allí re asustado, solito.
Logró finalmente salir, pero hacia afuera de la casa. No sabía qué hacer. Miró para todos lados y pensó en buscar ayuda en lo del vecino. Se acercó y vio sólo la tele y la puerta que se golpeaba con el viento y se preocupó mucho. Fue y tocó timbre. No había nadie. Había lluvia y más lluvia. En una casa vio que en la tele pedían que todos fueran al refugio de la calle Juan Artigas y Rivera. “Ni idea donde es eso”, pensó.
Trató de volver a su casa por arriba de todos aquellos árboles caídos. Como no podía, estuvo como tres días buscando esas
calles en medio de la tormenta, con los carteles que le pasaban volando por al lado. Él seguía y no se rendía. Hasta que en un momento vio la esquina Artigas y Uruguay y se dio cuenta que ya faltaba poco. Siguió por Artigas; vio personas y fue hacia ellas pero no era gente amable; lo trataron de agarrar y empezó a correr. Siguió corriendo hasta que pudo ver la calle Rivera.
-¡Viva! ¡Es esta!- y lloraba de la emoción.
Había una casa enorme con un cartel que decía “refugio”; entró y vio muchas personas y también aquel señor que él había visto hablando por la tele. Entonces le preguntó si podía hacer una llamada. Le dijo que sí. Llamó a casa y no había nadie.
Empezó a llorar y pensó “mamá, papá, ¿dónde están?”.
Llorando llegó hasta la puerta y se dio contra una persona:
-¡Martín!!!
-¡Papáá!
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Desde ese día, cada vez que hay tormenta , él se va al cuarto de sus padres. Pero también empezó a pensar más en sus amigos: juega con ellos, aprovecha más el tiempo con ellos.
...y desde luego, dejó de ser un aburrido.
FIN
Seudónimo: Flaco, 5º año Los poetas también dicen presente y comparten sus creaciones:
Poema
Las flores crecen, los árboles crecen,
como nosotros.
También crecemos
juntos.
Mateo Mayol, 2º año
Poema
Una luz,
extraña,
se colaba por mi ventana.
Una luz,
que acompañaba
al sol de la mañana.
La luz azul
de un vitral de mi ventana.
Nicole Tobler, 5º año
Día del Libro









